miércoles, 6 de agosto de 2014

El Colibrí cumplió 3 años.

Hoy día vi un colibrí. Fue uno de los momentos más lindos que he tenido en mi vida y no exagero en tal proposición, pues me sentí puramente contento. Esbocé una sonrisa liviana, pero llena de gozo. Duró sólo unos momentos, pero fue mágico.

Quizás fueron las circunstancias las que me hicieron sentir tal goce, tal sentimiento de gratitud hacia el estar vivo, algo que pocas veces se ve en mí. Y no me refiero a las circunstancias físicas espacio-temporales del suceso-alrededor de las 5 de la tarde, patio trasero, leyendo Rayuela sentado en un cómodo sillón con los pies levantados y apoyados en un banco - sino a las circunstancias internas.

Y con circunstancias internas me refiero a las lágrimas, los últimos dos días he llorado en mi cama, en las noches, en la oscuridad y evitando los sollozos para que nadie me oiga, para-sinceramente-no preocupar a nadie, no hacer miserable o agregar una gota de sufrimiento a las vidas de los demás. No estoy diciendo que mi existencia cause sufrimiento en los demás o algo por el estilo, pero si se puede evitar, se evita. Llorar con angustia, llorar como nunca lo he hecho y de manera consecutiva en la cama es algo que nunca había hecho. Me pesa, me duele vivir. Le sensación de que no pueda hacer nada mío, de que ya no soy un niño, de que no tengo amor, de que soy demasiado sensible, de que me dejen atrás en una caminada hacia el metro, que me pregunten como estoy, que el preparar el almuerzo del día siguiente, que el programa de televisión, que la película, que el libro, que las salidas, los amigos, la existencia en su totalidad me produce angustia.


Siento, bajo mi gran pesar, que mis ojos desde ayer ya no son los mismos, están más caídos, los siento más húmedos, reflejan pena, angustia. Es un cambio sutil, pero su dueño lo nota y estoy empezando a sospechar que la gente que más me conoce también lo nota.

Ganas de querer salirse de todo, no de escapar porque sí, sino que encontrar una razón a todo, ya sea para mantenerme en la realidad o para salirme de ella, así de duro, así de determinado a hacer algo que quizás antes no estaba entre mis posibilidades. Sí, hablo de un final, uno prematuro para decir verdad.

Pero esas razones no las encuentro. Y el qué hacer ante lo que siento, tampoco está a mi vista. La sensación de que nada me pertenece es abismante y no hablo de una pertenencia egoísta o de que las cosas deben ser mías y sólo para mí, hablo de una pertenencia real, que sea parte de mi al estar conmigo, sea lo que sea, la verdad es que todo esto es inmensamente inefable.

Pero se me repite un pensamiento y debo dejarlo salir. La necesidad -aunque sea momentánea, aunque sea un error- de estar solo, de todos, de mi. Como una manera de… ¿Cómo una manera de qué, Diego, una manera de qué? No lo sé, me respondo, pero este sentimiento de angustia al vivir lo siento, valga la redundancia, al vivir y se vive con los otros, entre los otros (y dejaré de lado mi idea de que en realidad no hay contacto) y quizás esta necesidad de soledad sea un escape a los demás, un potencial cambio de las cosas, quizás un momento de tranquilidad y un momento puede ser para siempre.
De todas maneras existe en mí una parte que necesita conversar, contarlo, y esa persona existe, pero repito que no quiero hundir a nadie conmigo, esto es algo que debo solucionar solo, porque está dentro de mí y finalmente soy yo el que realiza los cambios. No quiero dañar a nadie, ni bajar el ánimo. Repito, si se puede evitar, se evita.
Me voy en palabras y más palabras y más y más en cuanto a la soledad, al encierro, al momento de introspección, pero finalmente o me dura poco o no lo llego a realizar y eso es porque sencillamente soy cobarde. Tengo miedo a quedarme solo y me angustia esta situación también, porque, desde un punto de vista, le tengo miedo a la solución.
Me cuesta desligarme, el sólo pensarlo me apena, yo creo que ya estoy en un estado “depresivo” pero eso me entristecería aún más, pero he allí la esperanza, aunque sea vaga, de una solución a mi angustia.

Me llega a sorprender incluso a mi el estado al que he llegado. Ni siquiera hace algunos años atrás me sentía tan desolado, devastado. Leer una línea de un libro y no poder continuar porque las lágrimas me saltaron de la nada es chocante, de verdad. No pretendo dar pena, pero es así, que caigan tan fácilmente, “llorar hasta que se agote la sangre”, me dije ayer en la noche, porque se me ocurrió pensar hasta cuando uno podía llorar, de adonde el cuerpo sacaba el agua que se necesitaba para hacer aparecer las lágrimas y me presencié en un estado en donde había llorado tanto que el único lugar de donde podría sacar el agua sería de la sangre. Morir del llanto, tan poético, tan yo.

Ayer escribí 5 versos, que trata un poquito de eso:

“Cuesta tanto salirse. 
¿Salirse de que? 
De todo.
¿Qué es todo? 
Las lágrimas.”

(El colibrí cumplió 3 años. Y en el 2014 me siguen gustando las nueces)

Lloro en las noches, pero cuando me presento en sociedad, por decirlo de alguna manera, me sigo riendo, contando chistes, escuchando, sigo estando. Y dudo que alguien se de cuenta de lo que me pasa. Y eso es hipócrita de mi parte en cierto sentido, seguir riéndome, o seguir saliendo mientras por dentro me siento así de confundido, de angustiado es contraproducente. Pero no es hipócrita en sí porque no lo actúo, sino que en verdad hago lo que siento, el problema reside en que no le hallo la razón al sentir, al vivir en si, el porqué del vivir todo lo que uno vive. Yo sé y en realidad está a la vista de todos, que la gente vive sin pensar en el por qué vive y cuando hablo de este por qué, no me refiero a “quiero vivir para ser feliz” “quiero vivir para ser alguien importante” “quiero vivir para ayudar a la gente” “quiero vivir para conocer el mundo” “quiero vivir para amar” “quiero vivir porque sí”. Quiero el porque detrás de todos esos porqué.

Miro a las personas en la calle, a mi familia, a mis amigos, los veo y pienso en qué están pensando, en por qué actúan de dicha manera, para donde quieren ir, los veo sonreír, contarse el día a día, lo que han hecho con sus personas más queridas, lo que quieren hacer en las vacaciones, sus miedos ante una eventual prueba, cualquier cosa, los veo allí, resistiendo, contentos de estar ahí. Y entraño eso. Pero no volveré a un vivir porque sí.

A eso iba cuando hablaba de las circunstancias internas en las cuales vi al colibrí y colibríes no se ven mucho en estos días…
Me sentí contento, sonreí al ver a una criatura tan minúscula y bella volar en el mismo punto por unos momentos para luego posarse en una rama momentáneamente y desaparecer. Otros pajaritos se acercaban a mí, se ponían a picar una hoja que estaba en el suelo, una cáscara de naranja, y no me tenían miedo. Reconozco que llegué a pensar que no estaba…que el hecho de que no se alejaran de mi era una prueba contundente de que no soy parte de. Y que mi perro llegue corriendo y disperse a todos los pajaritos, que mi perro corriendo y jugando con una naranja caída del árbol me enseñe tantas cosas que no se aprenden de otra manera, que me enseñe cosas que ni siquiera llegaré a entender.

Quizás soy como ese colibrí, pero en vez de aleteos rápidos son palabras depositadas en páginas en blanco y que vuela y vuela, que escribe y escribe y en un minuto se posa en una rama, momentáneamente, y luego desaparece.

Al final todo se vuelve hacia adentro.


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