Para Javiera
-¡Ay qué sinrazón! No quiero contigo cama ni cena,
y no hay minuto del día
que estar contigo no quiera,
porque me arrastras y voy,
y me dices que me vuelva
y te sigo por el aire
como una brizna de hierba.
(Federico García Lorca, Bodas de Sangre)
Debo reconocer muchas cosas. Partiré por reconocer que pensé, por un momento que no fue breve, es más, pensé por años, que estaríamos juntos durante el resto de nuestras vidas. Sé que somos jóvenes, yo más que tú, y que esas ideas son comunes a nuestra edad, donde intentamos desafiar todas las concepciones imposibles, pero en verdad sentía, daba por sentado que estaríamos juntos para siempre. Y eso, por supuesto, no ocurrió, o no estaría escribiendo esto. De lo que extraigo mi segunda confesión: soy una tonta. Una imbécil, una estúpida, una pendeja que lo único que quiere es desgarrarse el útero. Mi útero infértil, maldito.
Sacarme el útero con las manos, sin anestesia, sintiendo la sangre coagulada de mil menstruaciones de concepciones fallidas, como la que vivimos al final de nuestros días, llenarme de dolor y silenciarme como un modo de torturarme por mi ingenuidad de niñita mimada.
Me creía tan fuerte, me creía tan mujer. Me sentía la reina de la sensualidad cuando estaba en la cama contigo, abajo tuyo, encima tuyo, al lado tuyo. Eramos tan perfectos. Somos tan perfectos. Me siento tan débil, tan dependiente. Necesito cada parte de tu cuerpo. La imaginación no me basta. Los recuerdos tampoco. La nostalgia no me sirve de consuelo. Quiero al Isaías de carne y hueso. Te quiero a ti y a mi gato. Nada más necesitaba.
Agarro un libro de Lorca, un libro que he leído mil veces, que ya me sé de memoria y lo releo mecánicamente, esperando que en ciertos pasajes algo llame mi atención y me diga lo que tengo que hacer, lo que tengo que decir. Abrir un libro al azar y leer lo primero que llegue a tus ojos, como un oráculo. Ojala las cosas fueran tan fáciles. Pero lo intentaré. Cierro el libro y al mismo tiempo cierro mis ojos. Abro al azar mi edición gastada de Bodas de Sangre que me compraste para un aniversario. Leo lo siguiente:
-¡Te quiero! ¡Te quiero! ¡Aparta!
Que si matarte pudiera,
te pondría una mortaja
con los filos de violetas.
¡Ay, qué lamento, qué fuego
me sube por la cabeza!
No quiero seguir viviendo si mi vida consiste en un flujo de días en los cuales no podré tocarte, llamarte, mensajearte y hablarte. No quiero seguir viviendo si mis días consisten en las ausencias de nuestras noches de sexo y vino blanco. No quiero seguir viviendo si voy a pasar mi vida leyendo libros que no podré compartir contigo.
Tengo ganas de dormir, pero no tengo sueño. Tú sabes que eso sólo me pasa cuando tengo el corazón destrozado. Me acuesto e intento tocarme. Pero ni de eso tengo ganas. Ulises se acerca y se posa en mi regazo. Me mira con ojos tristes. Yo le devuelvo la mirada de tristeza intensificada por mil. Lo acaricio y salen lágrimas de mi rostro. Es imposible no acordarme de ti cada vez que lo veo a él, cada vez que lo acaricio pienso en las caricias mutuas que nos dimos tantas veces. Evito la mirada de mi gato y miro a cualquier parte y lo primero que atisbo es una edición ilustrada de Murakami.
Todo me recuerda a ti, a tus ojos claros, a tu pelo largo, a tu voz grave, a tu parada semi-formal de profesor joven.
Quizás por eso me sienta tan subyugada. Te conocí como mi profesor. Era una relación asimétrica que drásticamente se volvió simétrica. Pero quizás eso es lo que no he querido ver: yo te necesitaba más de lo que tú a mi.
Me pediste un tiempo y a duras penas te lo concedí. Pensando que sería sólo eso: un tiempo. Me negué a creer que ese concepto significaba un término definitivo. No estoy dispuesta a cerrar ningún proceso.
Apenas nos dimos el tiempo comencé a sentirme mal. Mis amigos me decían que estaba somatizando mis emociones. Que todo pasaría. Los amigos más racionales me dicen de manera reiterativa y molesta que las cosas no duran para siempre, que lo acepte. Pero mi dolor físico iba más allá de una simple somatización. Estaba esperando un hijo tuyo. A pesar de que ambos sabíamos que mi útero débil fue concebido para no albergar ninguna vida que no fuera la mía. Con mis propios dolores era suficiente.
La vida es una perra. Una maraca culiá.
Pero me sentí bien. Quizás de manera inconsciente, me sentí feliz. Si tenía este hijo tendrías la obligación de seguir conmigo. Te volvería el amor de que tuviste por mi este par de años y seríamos felices para siempre. Me llamaste preocupado y te conté a través del teléfono que estaba esperando un hijo. Me dijiste que estarías ahí para apoyarme, que me secundarías en cualquier decisión que tomara. Yo quería tenerlo y te lo dije a la cara un día después. Dijiste que estarías ahí para el niño. Por alguna razón ambos asumimos que sería hombre, que tendría tu carita, que sería un Isaías chiquitito. Pero me dijiste que eso no implicaba que nosotros siguiéramos juntos como pareja.
Esbocé una amenaza, una indirecta. Puse en juego la vida de ese pequeño como condicionante de nuestro futuro.
Me sentí la peor persona del mundo después, pero lo hice. Yo quería estar contigo a toda costa.
Pasaron sólo dos días y el pequeño ya no estaba. Lo había eliminado. Era tan obvio, dada mis circunstancias fisiológicas. Me sentí más vacía de lo que estaba. Pensé que ya no había lazo que nos uniera.
Luego llegó mi desliz. Te lo conté. Me perdonaste. Un amigo me dijo que eso era raro, que quizás ocultabas algo, una situación recíproca, que nos dejaba en empate. No quise creerle, o no lo encontré importante. La cosa es que pseudo volvimos. La cosa es que después de unas dos semanas, terminaste definitivamente conmigo.
La cosa es que eso me reventó el alma. La cosa es que sólo hace unas horas me dijiste que estabas enamorado de otra mujer. Creo que no me dijiste "enamorado", creo que me dijiste que te gustaba alguien. Para mí es lo mismo, significa lo mismo: ya no soy la única para ti. Ya no estaremos juntos para siempre.
Hice tantos planes contigo, a pesar de que yo siempre fui en tu familia una "amiga". Estaba dispuesta a todo. MIERDA, SI INCLUSO IBAMOS A VIVIR JUNTOS.
Mis amigos me dicen que suba el ánimo, que el tiempo todo lo cura. El Diego lo repite como su mantra, porque según él siempre le ha funcionado: "Javi, calma, el tiempo todo lo cura. Nada dura para siempre. Acéptalo". Lo único que le respondo es con negativas, con caritas tristes vía wasap, con lágrimas que ya no puedo contener.
Nadie puede entender cómo me siento porque mi historia es única e irrepetible. De verdad que no tengo ganas de nada. No tengo ganas de leer. Y eso es lo que estudio. POR LA CRESTA.
¿Cómo no acordarme de ti al momento de leer si a cada palabra que leo recuerdo que tú estudiaste lo mismo que estoy estudiando yo?
Tú me inspiraste a hacer lo que ocupa la mayor parte de mi tiempo.
Escribo esto como un esfuerzo desesperado de liberar mis penas. El Diego me dijo que eso a él le servía. Y parece que es cierto, yo lo veo siempre sonriendo en la universidad. La gente lo quiere harto y siempre tiene un abrazo para todos, una palabra de ánimo. Pero yo sé que esconde algo, un secreto que sólo en pequeños instantes logro vislumbrar. Es la soledad. Una soledad que yo no quiero aceptar.
---------------------------------------------------------------------------------------------
Javiera, tu mirada ha cambiado. Yo sé, aunque no me lo cuentes, que has llorado mucho.
Javiera, tu andar por la U ha cambiado mucho. Ya no existe la chispa, el caminar sexy.
Javiera, tu eje cambió a la fuerza y debes tomarlo como un nuevo comienzo.
Tienes a tus amigos, tienes a tu familia, tienes al Ulises, pero lo más importante de todo, TE TIENES A TI MISMA.
Y eso incluye tus proyectos y tus sueños. Incluye tu amor por Lorca y tu amor por Taylor.
Incluye tu amor por lo carnal e incluye tu amor por los cigarros.
Caminemos juntos un pequeño trecho, a solas y miremos lo que tenemos alrededor. Miremos el pasado con ojos nuevos. Quedémonos con las cosas buenas. Muchas veces odio ser cliché porque me da esperanzas de que mi vida cambiará en el sentido del secreto que atisbas en mí. Pero hay tesoros escondidos para ambos en eso que llamamos futuro. Un futuro que se encuentra con el paso del tiempo, la medicina universal. Donde todo se minimiza. Yo sé que el dolor más grande de todos al momento de una separación es el reconocimiento de que ese amor pasará. Y ese dolor es peor que la separación misma. Porque ese dolor es el último lazo que nos une a la persona que perdemos. Yo aprendí a vivir en soledad porque mi concepción de la vida es solitaria, tanto por la actividad que pretendo encarnar, pero también como un método de defensa. No te pido que hagas lo mismo, porque sé que tú no eres así. Pero sí sé que eres joven. Y las cosas pueden mejorar. Quién sabe si hoy mismo todo se solucione. O quizás nunca lo haga. Pero no debes perder las ganas de vivir. Sólo estando viva te sucederán cosas, aunque suene obvio y ridículo. Por mucho tiempo leí y memoricé este "poema" de Lorca:
¡Ay qué trabajo me cuesta
quererte como te quiero!
Por tu amor me duele el aire,
el corazón
y el sombrero.
¿Quién me compraría a mí
este cintillo que tengo
y esta tristeza de hilo
blanco, para hacer pañuelos?
¡Ay qué trabajo me cuesta
quererte como te quiero!
Y lo hacía pensando en alguien concreto, pero ahora, pasado el tiempo, puedo decir que lo leo y sólo siento ese dolor universal, pero no concretizado. Ahora es genérico. Pero sigue siendo una emoción, ergo, sigo vivo.
---------------------------------------------------------------------------------------------
Javiera termina de leer un cuento que se asemejaba mucho a su historia. Le caen lágrimas mientras esboza una sonrisa inefable.
Javiera prende un cigarro, abre un libro, acaricia a su gato, bebe vino y come sushi.
Sí, son todos gustos compartidos con él. Pero principalmente, son sus propios gustos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Escribir es...