Desde hace meses que tengo metido en la cabeza las nociones acerca del caminar, del transitar, de la ciudad, del viaje como producción escritural y significativa.
Tanto así que los dos últimos trabajos de la universidad los desarrollé en torno a ese tema y es -probablemente- la línea que tome en mi tesis. Así de ensimismados estoy con el caminar.
Pero recién en el 2016 me puse a mi mismo a caminar. Me explico: Ahora busco cualquier excusa para no tomar la locomoción colectiva y camino.
Camino.
Camino.
Podría decir que es bacán caminar y despejarte, pensar en otras cosas. Pero es ALGO MEJOR QUE ESO.
No estoy. No pienso. Fluyo.
Todo tan clisé como cierto.
Caminé como una hora desde Alcántara hasta el Parque Forestal y me senté a leer un libro de la Lina Meruane sobre literaturas seropositivas, maravilloso.
Después empecé a pensar en qué me he convertido. En qué pasos he dado.
Pensé en mi escritura, que no me sale.
Se me ocurrió algo, lo deseché.
Recordé el tumor gigante de mi mamá.
Ficcioné que moría. Siempre he querido escribir de ella.
Ficcioné que publicaba y ya no estaba.
Maté a mi mamá. Para iluminarme.
Lloré por lo real y por lo ficticio.
Escondí mi cara detrás del libro y seguí llorando un poquitito más.
Me muero sin mi mamá, pero el proyecto calzó completo.
Esbozos de mi madre / Biografía de mi madre.
En la tarde me manda un sms diciendo que había comprado cositas ricas para ver los People's Choice Awards.
No haría nada sin ella.
Quiero que esté aquí cuando cumpla mis sueños.
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