sábado, 5 de julio de 2014

No me sueltes.

Nuestro encuentro fue fortuito como lo son todos los encuentros de este tipo.

Pero este lo fue aún más, porque no tuvimos ningún intermediario. Nadie me habló de ti, nadie te habló de mi. Pero ahora sé que estamos hechos el uno para el otro. A medida que pasa el tiempo, a medida que nos seguimos conociendo, voy creyendo que sucederá eso que a nadie le ha pasado. Tú eres diferente. Lo veo en tus ojos, en esos ojos que palpitan, en esos ojos que titilan, en esos ojos que me miran con afición, en esos ojos que me dicen que tienes pena, que tienes miedo. Me encanta sentirme leído por tus ojos, me encanta poder leerte de vuelta. Otras miradas se han posado sobre mí, otros han intentado leerme, pero no han logrado llegar al lugar al cual tú has llegado, lugar que alcanzaste en el momento en el que decidiste interesarte en mí, en mi material de segunda categoría, en mis páginas roídas, en mis esquinas quebradizas por tanto roce dañino, por tanto amor fallido. En la oscuridad de un armario cerrado te espero. Espero que llegues y me saludes. Y sólo con sentir tu tacto ya sé cómo estuvo tu día. Hoy sentí que estabas menos triste que ayer, pero no lo suficientemente feliz como para no acercarte a mí. Y me apena que me contente mi egoísmo, yo sé que me necesitas solamente porque no puedes estar en este momento con esa persona, pero en el momento me dejo llevar y te voy mostrando cosas nuevas de mí, felizmente siento como recorres mis páginas, siento nuevamente tus ojos vibrar, y tus cejas hacer ese gesto tan característico cuando lees algo que te sorprende. Hemos pasado grandes momentos juntos, han sido pocos e intensos y precisamente esa cualidad de nuestra interacción es la que me aterra. Pasa el tiempo, anochece, aparece el sueño y debes dormir y yo me resigno, intento hacerme cada vez más interesante para mantenerte aquí. No me sueltes, te digo. No me sueltes, es lo que intento decirte. No me sueltes, eso es lo que no entiendes. Porque... ¿Cómo decírtelo? ¿Cómo intentar expresarme con palabras que no me fueron entregadas? Las palabras que están impresas en mi cuerpo parecen no ser las indicadas para decirte a ti que somos el uno para el otro, que soy yo justamente ese que necesitas en estos momentos. Pero no. ¿Por qué esa mierda de final feliz no existe? Porque a medida que el tiempo transcurre, me doy cuenta que soy simplemente una historia más y que son mis palabras las que me ocasionan esta esperanza dolorosa. Porque estamos sintiendo lo mismo. Sí, a ti te lo digo. Estamos sintiendo lo mismo, pero en direcciones diferentes. La vida es injusta, pero es más injusta conmigo, porque tú tienes una libertad que yo no tengo. Tú por lo menos lo tuviste por un instante. Porque eres dueño de tus palabras y yo no. Vengo impreso de fábrica, vengo con una falla de origen. Mi defecto es que sigo creyendo que tendremos un final que nadie más ha tenido. Pero soy otro más de muchos. Mi final está escrito: me dirás adiós, me soltarás y te irás a dormir, para pensar un poco más en él y un poco menos en mí. Y yo quedaré de nuevo aplastado entre dos libros, ocupando el lugar que me corresponde. Porque sólo soy un libro que intenta, por una puta vez en la vida, no ser tirado, en el olvido, en el espacio que ocupan las historias añejas, esas que se llenan de polvo y que sólo se mantienen por una mezquina razón. Pero felizmente para mí, mi historia todavía no acaba , quedan más páginas por ser leídas, mañana todavía tendrás interés en mí.

Porque cada noche, mientras duermes, voy tejiendo, tal Penélope, más palabras para entregarte.

Y tú sabes que eso es lo más sagrado que puedo dar.




No hay comentarios:

Publicar un comentario

Escribir es...