“Resulta que hay un mundo inmune al cambio. Pero yo carezco del aplomo suficiente, ahí, de puntillas en los límites del fuego, aún chamuscada por el ardiente aliento, con miedo a que se abra la puerta, a que el tigre salte, incluso para formar una frase. Perpetuamente contradice cuanto digo. Todas las veces que se abre la puerta, me interrumpen. Aún no he cumplido los veintiuno. He nacido para que me hagan añicos. He nacido para que se burlen de mí toda la vida. He nacido para ir arriba y abajo, entre estos hombres y estas mujeres de rostros convulsivos y lenguas mendaces, como un corcho en un mar alborotado. Como la cinta de un alga, soy proyectada muy lejos cada vez que la puerta se abre. Soy la espuma que llena de blancura las más alejadas oquedades de la roca. Y también soy una muchacha, aquí, en esta sala”
Son seis personajes los que integran "Las olas", la novela que estoy leyendo. 3 mujeres y 3 hombres. Bernard es el que se lleva el peso de la novela, el que más reflexiones hace en cantidad, pero Rhoda, la niña que espera la noche, la incómoda, se robó mi atención, ansío llegar a las partes donde habla ella, donde se muestra su vulnerabilidad, su poesía, su miedo a los demás que poco a poco se transformará en resentimiento. Como imita a Susan y Jinny para intentar ser algo, pero sin querer serlo. Para encontrar algo duro, tocar la muralla para saber que estás viva, Rhoda, yo también toco la muralla, con la punta de mis pies todo la madera del final de mi cama para saber si soy sólido, corpóreo, Rhoda no estás sola y Neville está contigo, de cierta manera yo soy Neville, el enamorado de Percival, acaba de morir, acaba de dejar de existir y la gente continua viviendo, mostrándonos la insignificancia de nuestra existencia. Lo ínútil que somos. Jinny baila, Susan alega, Louis es la víctima de su acento, Bernard no es nadie sin los otros.
Rhoda, la incierta, la destruida.
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